📓 Cuaderno de bitácora · Día 12
Cuatro horas y media... cinco, en realidad
Agosto 2026
Madrugamos un poco. Poco, con criterio, que ya no estamos para heroicidades.
El plan del día era volver de Füssen a Basilea evitando Suiza, porque vamos sin viñeta para las autopistas. Traducido: una hora más de coche por Alemania. Cuatro horas y media en total.
Lo cual tiene su gracia, porque el destino final era Suiza. Rodeamos el país entero para no pagar el peaje del país al que íbamos.
Primera parada, repostar. Llevábamos medio depósito, y ayer, volviendo por Austria, vi una gasolinera junto a la frontera con la gasolina treinta y cinco céntimos más barata que en Alemania.
Treinta y cinco céntimos. En la práctica son siete u ocho euros de ahorro por conducir diez minutos.
Y de ahí, a deshacer el camino. Füssen, el lago Constanza, Friburgo y bajar a Basilea. El viaje entero al revés y en un solo día, como cuando rebobinabas una cinta y veías pasar en dos minutos lo que te había costado dos semanas.
El GPS, mientras tanto, tenía su propio criterio. Tan pronto te metía en autobahn sin límite de velocidad como te sacaba por una nacional a cruzar pueblos a treinta.
Del infinito al paso de peatón, sin transición.
Y aquí hay que hablar de cómo conducen los alemanes, porque llevo doce días tomando notas mentales.
Van por las carreteras entre poblaciones a cien. Aparece un cruce señalizado a setenta. Cualquier persona vería la señal a lo lejos, soltaría el acelerador, tocaría un poco el freno y llegaría a setenta con dignidad.
Ellos no.
Ellos van a cien hasta la altura exacta de la señal y ahí clavan frenos. Cien, y de golpe setenta. Cumplimiento milimétrico, ni un metro antes.
Si eso ya suena entretenido, imaginad la escena cuando lo que viene después no es un setenta, sino un pueblo a cincuenta. O a treinta.
Casi cinco horas y dos paradas técnicas después, Basilea.
Aparcamos en el centro histórico, junto al ayuntamiento. Un franco suizo la hora los domingos.
Un franco. La hora. En el centro de una ciudad suiza.
Después de doce días peregrinando a parkings de las afueras y volviendo andando diez minutos «por prudencia», encontrarme esto el último día es casi una broma personal.
Nos dimos una vuelta aprovechando que estaba nublado y chispeaba un poco. Ayuntamiento, catedral, murallas. Basilea en modo gris, que le sienta bastante bien.
Paramos en un súper abierto a pillar unos sándwiches y algo de beber, y nos sentamos a comer en una plaza. Echamos migas a los gorriones. Eran las 15:45.
Y entonces vimos lo mejor del día.
Resulta que aquí, en verano, la gente sale de currar, mete la ropa, el móvil, el ordenador y los zapatos en una bolsa estanca, y se tira al Rin.
Y se deja llevar por la corriente hasta el puente que mejor le venga para ir a casa.
El río como línea de metro. Con horario flexible y sin billete.
Hoy era domingo, así que no volvía nadie de trabajar: lo hacían por el calor y por vicio. Pero tiene que ser guapísimo.
Doce días buscando plaza de aparcamiento y estos señores van flotando a casa.
Salió el sol y subió la temperatura, porque el viaje quería despedirse como empezó. Seguimos paseando hasta que ya no pudimos más y nos metimos en un Starbucks a por un ice coffee latte.
El último día no hubo salchicha. Hubo sándwich de súper y café con hielo de multinacional.
Alargamos el café todo lo que dio de sí, que es lo que se hace cuando ya no queda nada por ver y todavía queda rato.
Después, a por el coche y rumbo al aeropuerto, tranquilamente, sin prisa por primera vez en doce días.
Paramos a echar los últimos euros de gasolina en el lado francés, que en este aeropuerto también puedes elegir país para repostar.
Y dejamos el Polo azul en el parking de alquileres.
Nuestra casa, nuestro armario y nuestro comedor durante doce días, devuelto sin un rasguño y con el depósito lleno.
Nos dirigimos a la terminal.
Y ya está.
Bona nit!