Villarriba y Villabajo

📓 Cuaderno de bitácora · Día 11

Villarriba y Villabajo

Agosto 2026 · Füssen

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Día de improvisación.

Ruth no quería mucho coche. Después de nueve días de kilómetros, de curvas de montaña y de mí mirando plazas de aparcamiento como quien mira una vocación, es una postura razonable.

El problema es que aquí, si sales a la puerta del hotel y giras la cabeza, tienes los Alpes ahí mismo, esperando.

Cogimos el coche.

Treinta minutos hasta Oberammergau, y el nombre no es broma.

Porque justo debajo está Unterammergau. Y resulta que en alemán ober es arriba y unter es abajo.

Vamos, que nos hemos pasado la mañana en Villarriba. Los del Fairy tenían juego aquí en Alemania también.

El pueblo se ve en treinta minutos. Literalmente treinta. Pero tiene unas cuantas casas con las fachadas pintadas que son una chulada, de esas que te obligan a pararte en mitad de la acera con el cuello torcido.

Treinta minutos y te has llevado la postal entera. Hay pueblos que administran muy bien sus recursos.

De ahí nos metimos montaña adentro hasta el palacio de Linderhof.

Otra locura de Luis II.

Porque este hombre, que ayer nos tuvo hora y media dentro de su castillo de cuento, resulta que además se montó un mini Versalles en mitad de los Alpes.

Para la vuelta hacia Füssen teníamos dos opciones: deshacer el camino, o tirar derecho por los Alpes austríacos, hacer carreteras de montaña preciosas y pasar por un lago.

No sé ni por qué lo cuento como si hubiera habido debate.

Elegimos lago. El Plansee.

Pero antes, parada para comer en el restaurante del Gasthaus más reputado de la zona, el Munsteralpe.

Y aquí llega el momento salchicha, que ya es una constante de este viaje. Obviamente uno de los dos pidió salchichas.

Esta vez Ruth. Yo cerdo asado. También una tabla de quesos que hacen ellos mismos, que en un sitio así no es una frase de carta, es un aviso.

Y después del almuerzo, al lago.

Ahora bien. No os imaginéis lo que os estáis imaginando.

Nada de dos almas solas bañándose en culos en unas aguas turquesas mientras suena música de anuncio de coche.

Era Mallorca en agosto. Literalmente. El lago estaba a reventar de alemanes.

Que el lago está en Austria, ojo. Pero llegan igual.

Resulta que hay un camping enorme al lado y las orillas están cuidadísimas, con su césped, sus zonas de playa, todo perfectamente organizado. Poco idílico y muy concurrido.

Y aun así, buenísimo.

El agua turquesa, cristalina y fresquísima. Ayer estuvimos en un lago mirando el agua, decidiendo que estaba fría y acabando dándole de comer a los patos. Hoy nos hemos metido.

Se nota la evolución del viajero.

De regreso seguimos alucinando con la cantidad de gente amontonada en las orillas, hasta que la carretera volvió a subir y el paisaje se llevó otra vez toda la atención.

Llegamos al hotel con esa sensación rara y buenísima de haber tenido un día improvisado que ha salido mejor que muchos planificados.

Descansamos un rato. Y entonces, envalentonados, volvimos a intentarlo con el bus.

Porque aquí hay autobuses gratis. Ya lo saben ustedes. Gratis y teóricos.

El de esta tarde tenía que pasar a las 20:12.

Nos plantamos en la parada con fe. Llegaron las 20:12. Y nada.

Y ahí, en ese silencio, uno empieza a hacerse preguntas serias sobre la puntualidad alemana. Que resulta que es un mito, como los Reyes Magos o el bus nocturno de las 22:45.

Pasó a las 20:20.

Ocho minutos que en el reloj no son nada y en la parada son una crisis de fe completa.

Pero pasó. Once días de viaje y por fin nos hemos subido a uno dirección Füssen.

Llegamos al centro y nos fuimos a cenar a un Biergarten. Yo salchicha, Ruth pizza.

Sí, hemos comido salchichas dos veces en el mismo día. En días distintos de la semana lo llaman variedad; aquí lo llamamos cena.

Cerveza de la casa. Riquísima.

Y de vuelta, treinta y cinco minutos andando hasta el hotel.

Porque el bus de ida existe, sí. El de vuelta ya es otra conversación.

A dormir.

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