📓 Cuaderno de bitácora · Día 11
Railay Beach
Julio 2025 · Railay
Madrugamos, mucho, el transfer venía a por nosostros a las 7h. Lo bueno es que como hay que coger barcos Ruth prefiere no desayunar, si no, el madrugón sería mayor.
Así pues, cargados con todo nos subimos a la minivan dirección el Puerto de Rassada en Phucket. Recogimos algunos pasajeros más en el camino.
Llegados al puerto embarcamos en un híbrido entre ferry y speedboat. La verdad es que, como casi todo en Tailandia, sus años de esplendor ya habían pasado, pero aún así, con una manita de pintura y un chicle, mientras funcione pa’lante…
Cumplió perfectamente con su horario, llegamos al muelle de Speedboats de WangSai en AoNang y allí cambiamos a un LongTail que en 30 minutos, probablemente no los más comfortables del viaje, nos llevó hasta el muelle de Railay.
Hora de llegada las 11:00, ni los trenes suizos lo harían mejor.
El hotel, como es normal, admite el check in a las 14h, y en este caso son estrictos.
Eso sí, pudimos adelantar la parte burocrática, nos guardaron las mochilas y nos prestaron unas toallas para ir a la piscina a hacer tiempo y refrescarnos. Y así hicimos, nos dimos un baño y nos dormimos en las hamacas hasta la 1. Ruth se moría de hambre y fue a por unos sandwiches, ahí descubrió que el hotel va de punta a punta de la península, lo que supone andando unos 5-7 minutos hasta el otro lado, donde está el restaurante. Es un buen paseo para volver cargada con una bandeja, dos platos de cerámica, una botella de litro y medio de agua y cubiertos macizos…
Tras el tentempié, hicimos el checkin, nos llevaron al bungalow en un carrito de golf y nos explicó el chaval acerca de los monos que cohabitan el lugar.
Caímos rendidos en los brazos de Morfeo una vez en la habitación.
La tarde la dedicamos a pasear por la espectacular playa de West Railay, donde Ruth había visto que a mediodía, con la marea alta, casi no hay playa, ahora era una enorme lengua de arena rodeada de unos acantilados altísimos. Sencillamente hipnótico.
En el extremo derecho de la playa, pegada a los acantilados de ese lado vimos una mansión espectacular, de esas que te hace fantasear…
En el otro extremo de la playa, protegidos del viento, fondean un montón de LongTails, la típica estampa de foto tailandesa con rollito.
También le da un rollo a la playa un barco varado en la arena frente al hotel, posiblemente varado por las últimas tormentas, desde el hotel parecía simplemente varado, al rodearlo vi que tenía la proa completamente destrozada, por lo que igual será tarea compleja sacarlo de ahí.
Echamos el resto de la tarde en la piscina refrescándonos antes de ir a la ducha.
Justo entre los resorts hay una única calle que cruza de punta a punta la península, y está llena de vida, bares, restaurantes, masajes, supermercados, viajes… nos dimos un paseo para abrir el apetito y de paso ver dónde llevaba aquello.
Acabamos en la otra punta del camino, en un lugar convenientemente llamado The Last Bar tomando una cerveza.
De regreso, paramos en uno de los restaurantes a cenar.
Tras la cena, el paseito de vuelta nos dejó una imagen chulísima, la bahía a oscuras, el cirlo despejado, la luna menguante en lo alto y al fondo unas extrañas luces verdes en el horizonte, supuestamente pescadores o mercantes, pero quién sabe…