Castillos en el aire

📓 Cuaderno de bitácora · Día 10

Castillos en el aire

Agosto 2026 · Füssen

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Desayuno en la guesthouse y a la parada del bus.

Hoy no hay coche. Hoy no hay parking. Décimo día de viaje y por primera vez me levanto sin la obligación moral de asegurar el tiro.

Se me hace raro. Como salir a la calle sin llaves.

Subimos al castillo andando, cuesta arriba, y aquí viene el milagro del día: dieciocho grados. Nublado. Con un puntito de fresco incluso.

Después de aquel día a treinta y seis, esta cuesta es prácticamente un balneario.

Llegamos con mucho tiempo de antelación, así que tiramos hasta el Marienbrücke, que es un puente colgado sobre un desfiladero justo enfrente del castillo.

Las vistas son fabulosas. De las de quedarse callado.

Lo que pasa es que para ver esas vistas hay que estar en el puente. Y el puente está colgado. Sobre un desfiladero.

Un poquito de vértigo he pasado, sí.

Y antes de que nadie se ría: no era el único. Había gente que hacía el recorrido entero agarraíca a la baranda, mirando al frente como quien cruza un examen.

Todos disimulando. Todos con la mandíbula un poco apretada. Todos diciendo qué bonito.

Bajamos otra vez al castillo y ahí empieza el otro clásico del día.

La cola.

Un buen rato en la puerta esperando a que salga nuestro turno, con la entrada en la mano y la hora impresa. Esto ya no es un castillo, esto es Port Aventura con almenas.

Entramos por fin. Hora y media de visita.

Salimos, y el sol había salido con nosotros. Como si hubiera estado esperando fuera, aburrido, a que termináramos.

Bus hasta Schwangau, a comer. Y aquí sí que acertamos.

Una cervecería con biergarten y vistas a los castillos a lo lejos. Prado verde, castillo al fondo, mesa de madera, sombra.

Una postal. Literalmente una postal. De esas que compras en el pueblo, la miras y piensas que le han metido filtro.

Comimos salchichas, evidentemente, schnitzel, spätzle y cerveza. A estas alturas del viaje pedir otra cosa sería casi una falta de respeto.

Estuvimos ahí fantásticamente bien. Sin prisa, que es el lujo de verdad.

Después, vuelta a la parada. Y el bus tardaba. Y tardaba.

Alemania y sus autobuses gratis, que son gratis pero pasan cuando pasan. Ayer el nocturno era uno solo, a las 22:45. Hoy el diurno directamente se lo estaba pensando.

Así que nos fuimos andando. Veinticinco minutillos hasta el hotel.

Otra vez a pata. Empiezo a sospechar que el transporte público de esta zona es un concepto teórico.

Llegamos al hotel y nos pegamos un siestorro de casi dos horas. De los buenos. De los que te despiertas sin saber ni el día.

Al despertar, sin ningún plan. Cero. Nada en la lista.

Nos fuimos al lago a ver si nos bañábamos. El agua estaba fría. No me apetecía demasiado.

Bueno, digamos que el agua estaba fría y que a mí no me apetecía. Las dos cosas son verdad y solo una es relevante.

Pero había patos.

Y les echamos de comer a los patos. Y cantamos la canción de echarle de comer a los patos.

Cuarenta y tantos años y ahí estábamos los dos, en la orilla de un lago alemán, entonando el repertorio.

De ahí a cenar. Llegamos al restaurante casi a las ocho y preguntamos si cerraba la cocina a las ocho.

Sí. Cerraba.

Pero nos dijeron que podíamos pedir frío.

Y mira, después de nueve días coleccionando camareros con mala cara, que alguien te ofrezca una salida en lugar de cerrarte la puerta ya es un detalle.

Pedimos una tabla de embutidos. Maravillosa. Con una cerveza.

Frío, sí. Pero maravilloso.

Vuelta al hotel, duchita, y a la terraza de la habitación, a gustito y fresquitos, a jugar al UNO.

Y aquí es donde el día tenía preparado su último detalle.

Habíamos dejado la luz de la habitación encendida.

Con la puerta de la terraza abierta.

En verano.

En el campo.

Cuando entramos, aquello era una convención. Todos los bichos de Baviera reunidos en asamblea alrededor de la lámpara.

Hubo escabechina. No voy a dar detalles.

Después nos tumbamos y pusimos la serie.

Bona nit!

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