📓 Cuaderno de bitácora · Día 9
Vaduz y vencerás
Agosto 2026 · Füssen
Amanecemos en Lustenau, Austria. Desayuno en el hotel, con la idea firme de comer poco hoy. O de no comer.
Spoiler: esa idea envejeció regular.
Cogemos el coche dirección Liechtenstein y, al poco de salir, parada de emergencia en el McDonald’s justo antes de la frontera. Había que vaciar. De emergencia.
Ayer el McDonald’s fue la cena. Hoy ha sido el desagüe. Es una relación que va evolucionando y no sabría decir hacia dónde.
Llegamos a Liechtenstein con lluvia torrencial. A lo loco, de esas que caen de golpe y sin avisar.
Aparcamos en el parking Zentrum. O lo intentamos. Damos vueltas, no hay sitio, damos más vueltas, sigue sin haber sitio, y al final acabamos metiendo el coche en la plaza privada de alguien que no estaba y que no estaba señalizada.
Dos requisitos que, mirándolo bien, se complementan perfectamente.
Salimos a la calle. Seguía lloviendo. Seguía lloviendo. Y de repente paró.
Visita a Vaduz hecha en cuarenta minutos, que es lo que da de sí. El centro histórico es una calle con el ayuntamiento en un extremo y la catedral en el otro, y un castillo encima de la colina vigilándolo todo desde arriba.
Recuerda mucho a Andorra, pero a la alemana en lugar de a la francesa. Mismo concepto, distinto acento.
Volvemos al parking, subimos al coche, paro la aplicación y oh, magia.
Menos de una hora. Gratuito.
Nueve días llevo persiguiendo el aparcamiento gratis como quien persigue una vocación, y hoy el país entero me lo ha regalado sin que yo hiciera nada. Ni tique, ni botón de confirmar, ni minutos de cortesía.
Un principado que se hace en cuarenta minutos y encima no te cobra el parking. Empiezo a entender el modelo de negocio.
De vuelta a Austria a poner gasolina, y de ahí hacia Alemania. Destino: Füssen.
Un trozo de autopista al principio, otro al final, y en medio carreteras de montaña atravesando pueblos, con unas vistas espectaculares. De las de ir callado un rato.
Cruzamos Füssen para llegar a Horn, que es donde tenemos el hotel. Una guesthouse supermona con nombre de pastel impronunciable en alemán: Guglhupf.
Lo he dicho tres veces en voz alta y las tres ha sonado distinto.
Pastel que, por cierto, cada tarde ponen en el comedor del hotel, con café y té, a disposición de los huéspedes… obviamente hemos sucumbido a la tentación de merendar.
Recuperamos fuerzas, acomodamos el equipaje y nos vamos a Füssen andando. Hasta las narices de coche por hoy.
Son veintiséis minutos por un camino asfaltado al lado de la carretera. Tenemos autobuses gratis, sí, pero los horarios son los que son. Recuerden esta frase.
Damos una vuelta por el pueblito, muy bonito todo sea dicho, y de paso reservamos en un restaurante tradicional con una pinta estupenda.
Son las 18:30 y los alemanes ya están cenando. Nosotros preguntamos si hay sitio para las 20:00 o las 20:30, como quien pide una excentricidad. Y nos lo dan.
Seguimos paseando, paramos a por unas cervezas locales y seguimos paseando. Hay días en que el plan es exactamente eso y no hace falta más.
A las 20:00, al restaurante. Y nos atienden de maravilla.
Probablemente la mejor atención de todo el viaje, y de lejos. Después de días acumulando gruñidos, esperas de quince minutos sin un hola y tabernas cerradas por vacaciones, hoy alguien nos ha mirado a la cara y nos ha sonreído. Casi me emociono.
Sopa de queso, cerdo al estilo suabo y cordon bleu de cerdo, que es un librito del tamaño de un tapacubos.
De la idea de comer poco hoy ya no queda ni el recuerdo.
Empezamos el paseíto de vuelta con la copiosa cena a bordo y un ojo puesto en el horario del bus. El último normalmente pasa a las 20:30, pero habíamos leído que en verano refuerzan el servicio y ponen un bus nocturno.
Llegamos a la parada y sí. Hay bus nocturno después de las 20:30.
Uno.
A las 22:45. Uno solo. Una sola oportunidad.
Los autobuses son gratis, eso sí. Gratis y teóricos.
Seguimos andando, claro. A las 22:45 estábamos duchados y viendo la serie, que es exactamente donde quiere estar cualquiera que haya cruzado tres países en un día.
Bona nit!