📓 Cuaderno de bitácora · Día 2
Cuatro pueblos y un reventón
Julio 2026 · Colmar
Hemos dormido bien, que después de la jornada de ayer era casi prescripción médica.
Lo primero del día, maniobra logística: sacar el coche de la calle, que es gratis hasta las nueve, y meterlo en el parking de pago, que regala la primera hora. Justo lo que tardamos en desayunar en el hotel y salir por patas antes de que el contador se ponga serio.
Ayer conté las colas. Hoy me temo que me va a tocar contar los parkings.
Primer pueblo, Kaysersberg. Primer parking: 1,50 € por unas tres horas. Nos fuimos antes, claro, que ese es exactamente el negocio.
La visita, bonita y tranquila. El centro es idílico, y el río cruzando el pueblo es instagrameable a rabiar, de esos sitios donde te toca esperar tu turno para poner el codo en el mismo puente que ha puesto el codo media Europa.
La subida al castillo y luego a la torre merece la pena, unas vistas muy chulas. Hay varias rutas para subir. Nosotros pillamos la de la sombra, gracias a dios.
Bajamos por la otra, la de pleno sol, que resultó ser un destroza gorditos alemanes… nos cruzamos con varios subiendo y resoplando. Uno de esos momentos en los que uno se siente listo por casualidad.
Segundo pueblo, Riquewihr. Segundo parking: seis pavos por tres horas. Otra película.
Pequeñito, bonito, y resulta que casi original: no se lo cargaron demasiado en ninguna de las dos guerras mundiales, así que conserva elementos originales mejor que ningún otro de por aquí.
Nos dimos una vueltita y, como aquí hay que comer a la hora del ángelus, entramos a las 13:00 clavadas. Menos mal. A los pocos minutos el restaurante estaba lleno.
Au Tire Bouchon. Por la ubicación parece muy de guiris. Igual lo es, igual no. Comimos muy bien y las chicas que nos atendieron eran majísimas, así que a mí ya me da igual lo que parezca.
Comida ligera, en comparación con el platazo de ayer: ensalada paysanne y una tarte flambée de queso Munster. De postre una bola de helado y una crème brûlée. Cafelito y a funcionar.
Después de comer, otra vueltita al pueblo para cuatro fotos.
Al coche y a Ribeauvillé. La idea era aparcar, ver el pueblo y subir al castillo.
Lo de aparcar donde teníamos pensado se complicó, porque unas obras cortaban la calle que sube al parking. Así que nos metimos por mitad del pueblo, y por mitad del pueblo, y un poco más… hasta casi el final. Allí se aparcaba sin problema, oye.
Paseamos por el pueblo, que es bonito, y de repente empezó a soplar un aire caliente. Rollo reventón térmico. Cosas volando, ventanas abriéndose y cerrándose solas, momento loco.
Ahí, entre el viento y la amenaza de tormenta de verano, decidimos que la subida al castillo a 36 grados y a las cuatro de la tarde nos la íbamos a ahorrar.
Por prudencia, dijimos. Que queda mejor que por vagos.
Al coche y al siguiente pueblo.
Bergheim, elegido pueblo preferido de los franceses en 2022. Tranquilo, pequeño, con una muralla y una puerta fortificada muy bien conservadas y un centro lleno de casitas de colores. Se ve en veinte minutos.
Parecía que habíamos escapado de la tormenta de Ribeauvillé. No. Nos siguió. Así que tampoco dimos muchas más vueltas y de vuelta a Colmar.
Parada en el súper a por bebidas varias y al hotel.
Tras un descanso, noche de bar à vins. Elegimos uno al azar, La Folie, cerca del hotel.
Una tabla de quesos y embutidos, una tarrina de foie gras y una bruschetta de jamón, acompañando una botella de vino blanco elegida al gusto de Ruth.
Al gusto de Ruth, insisto.
Después, y dado el aguante de la compañera, nos dimos un paseo por Colmar de noche para ver la Petite Venise iluminada, y de paso para que a Ruth se le fuera pasando la moña.
Sobre las 22:30, en el hotel.
Y hoy sí, hoy hubo serie.
Bona nit!