Un castillo de Astérix y un paraguas de Primark

📓 Cuaderno de bitácora · Día 3

Un castillo de Astérix y un paraguas de Primark

Julio 2026 · Estrasburgo

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Empezamos tranquilos, que es como hay que empezar los días de cambio de ciudad. Sin mover el coche, sin mirar el reloj, sin negociar con ninguna máquina. La zona azul de Colmar ha sido el mayor acierto logístico del viaje hasta la fecha.

Ayer conté parkings. Hoy aviso de que el marcador cambia de escala.

Desayuno, maleta y rumbo al castillo de Haut-Koenigsbourg. Siglo XII, restaurado —o más bien reinterpretado— por el Kaiser Guillermo II, cuando esto todavía era alemán. Y debería seguir siéndolo, opino yo, que para eso es mi cuaderno.

La visita, bien. El castillo, bien. Las vistas, espectaculares. A nivel histórico es un tebeo de Astérix con audioguía.

Llegas por una carretera que de repente te permite aparcar en el arcén, con gendarmes indicándote el sitio como si fueras a una boda. Nosotros aparecimos a las once, o sea tarde, o sea abajo del todo.

Veinte minutos de subida hasta la puerta. Clase de glúteos.

Veinte minutos de bajada al volver. La misma clase, pero de gemelos.

Y la visita en sí, que es todo escaleras, torres y adarves, un step continuo. Una mañanita muy fit sin haberla pedido.

Después, Sélestat. Un pueblo más grande de lo que llevamos viendo, quitando Colmar, con sus torres y sus puertas. No valdría demasiado la pena si no fuese por la boulangerie del museo del pan de Alsacia, donde caímos con una quiche lorraine, una tarte à l’oignon y una tarte aux pommes espectacular. De esas visitas que se justifican solas con hidratos.

Hay también una biblioteca con tomos antiguos en francés que dicen que es visita obligada.

Pues no me vino en gana.

Y para Estrasburgo.

La idea era ir directos al hotel y dejar el coche allí, a unos treinta pavos el día. Pero la IA, que es muy lista, soltó el tip del viaje.

Resulta que Estrasburgo tiene en las afueras unos parkings enormes donde dejas el coche por 7 € el día. Y tienen parada de tranvía al lado, conectada con el centro. Y por si fuera poco, la propia tarjeta del parking te vale de billete de transporte para hasta siete pasajeros del coche.

Siete. Gratis. Todo el día.

Me parece una idea brutal para sacar tráfico del centro, y me deja pensando en cómo funcionaría esto en según qué ciudades nuestras.

Tranvía, hotel, check-in y siesta, que la clase de glúteos pasa factura.

Al salir, a la hora de la merienda, dispuestos a dar una vuelta antes de cenar, se abrieron los cielos. De ese chaparrón que no cae, sino que viene de lado a buscarte.

En una tregua nos colamos en el Primark de al lado del hotel a por un paraguas. Contra una tormenta así no hace absolutamente nada, pero sirve para las treguas, y algo nos apañará en la próxima tontería de verano.

Con el paraguas nuevo de escudo, paseo rumbo a la catedral. Menudo mamotreto. Ciento cuarenta y dos metros de altura y toda de piedra roja. Le dimos la vuelta entera embobados con los detalles, las gárgolas, los santos, los bichos.

Para cenar, winstub. Le pedimos a la IA los cinco mejor valorados y elegimos uno un poco retirado del centro, para escapar de los turistas.

De los turistas como nosotros, quiero decir.

Llegamos y resulta que justo hoy empezaban las vacaciones. Cerrado.

Así que paseo de vuelta al centro a por el segundo de la lista, que era exactamente lo que queríamos evitar cuando elegimos el primero.

El segundo, un winstub familiar pequeñito, y muy bien. Salchichas, quesos, cerveza y tal.

Fuera seguía lloviendo a ratos, con más o menos ganas, y nosotros cenando y rezando por que nos dejara volver al hotel.

Y nos dejó. Paró justo lo suficiente.

Hotel, duchita, serie. Hoy sí hubo serie.

Y ya en la cama, los truenos otra vez.

Bona nit!

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