Una hora de cola y dos minutos de gallo

📓 Cuaderno de bitácora · Día 4

Una hora de cola y dos minutos de gallo

Agosto 2026 · Estrasburgo

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El hotel Mercure no lo pillamos con desayuno incluido, así que a la calle, a buscar cafetería. Hasta ahí, normal.

Lo que no era tan normal es lo que pasó justo después del café.

Porque la cena de ayer —salchichas, quesos, cerveza y tal— seguía ahí. No en el recuerdo. En el estómago. Con peso, con presencia, con voluntad propia.

Así que vuelta a la habitación, cada uno a lo suyo, a descargar la mercancía. Un winstub familiar te cobra la cena una vez y te la cobra otra vez a la mañana siguiente.

Ya aligerados, primera parada logística: el Uniqlo, a cambiarle a Ruth el bolso por uno que cupiera más. Más capacidad, más nuevo, más de todo. Uno empieza el viaje con un bolsito coqueto y acaba necesitando una bolsa de deporte.

Y ahora sí, paseo.

Fuimos hacia el ayuntamiento y nos encontramos con que hoy tocaba bodorrio. Una boda entera desplegada en la puerta, con música puesta —Waka Waka, sin complejos— y las señoras con unas pamelas que no desentonarían en Ascot. Colorido, ruidoso, alegre. Muy curioso todo, y mucho mejor plan que el nuestro.

De ahí, la foto del día: una iglesia reflejada en el canal, quieta, perfecta, de postal.

La idea fue de Ruth. Lo dejo escrito porque tenía razón y porque estas cosas hay que reconocerlas por escrito, que si no, no cuentan.

Seguimos canal arriba hasta la catedral. La misma que ayer nos pareció un mamotreto rojo espectacular por fuera. Hoy tocaba pagar por verla por dentro.

11:30. Cola.

Ticket para el reloj astronómico. El espectáculo empieza a las doce, así que a esperar de pie, como buenos peregrinos.

Y llega el momento. Media hora de vídeo. Media hora.

Y después, la traca: cuatro moñigotes dando vueltas y un gallo que canta porque lleva un pito conectado a un fuelle.

Dos minutos. Dos.

Que sí, que técnicamente es una barbaridad. Que en doscientos años no han tenido que ajustarlo. Que calcula la rotación de la tierra y la desaceleración en los vórtices de la elipse alrededor del sol y lo que haga falta.

Todo mi respeto al relojero.

Pero los muñecos y el gallo son una mierda.

Salimos con la decepción a cuestas y nos metimos por el casco antiguo a pasearla. Y ahí, delante de un winstub con la chapa de Bib Gourmand de la Michelin en la puerta, se me puso en los huevazos.

Chez Yvonne. Mesa para dos.

Ensalada alsaciana. Y después Mannerstolz con Sauerkraut oder Kartoffelsalat, así, tal cual venía escrito, oder incluido, porque a estas alturas del viaje uno ya pide en alemán sin entenderlo. Una salchicha ahumada de maravilla.

De postre, tarta de manzana espectacular.

Todo regado primero con un Pinot Noir de Alsacia. Y para el postre pedí un Muscat, pero el camarero me dijo que él prefería ofrecerme el Gewurztraminer.

Y yo no he venido a Estrasburgo a discutir con un camarero alsaciano sobre vino alsaciano.

Con la tripa llena las cosas se ven de otra manera. Tal era el nivel de satisfacción que nos volvimos al hotel a echar la siesta, o al menos a pasar las horas de más calor a la sombra, que es la versión respetable de lo mismo.

Por la tarde, rumbo claro: la Petite France.

Canales, esclusas, saltos de agua, puentes, placitas románticas al sol. Y turistas. Y gente. Y solazo. Y más gente.

Aun así, el paseo fue precioso. Lo disfrutamos con gentío y todo, que ya es decir.

Después de tanto calor había que reponer, y la reposición tenía forma de cervecería artesana local: Le Garde Fou. Buen ambiente, buena cerveza, y ya puestos una tabla de quesos y otra de embutidos.

Porque beber sin masticar nada es de borrachos.

Cabe señalar que hace doce horas estábamos pagando en especie la cena de quesos y embutidos de ayer. Aquí no aprende nadie.

Hora y media larga sentados. Y a hacer tiempo para el mapping de las diez sobre la fachada de la catedral, que celebran los ochocientos años del monumento.

De camino había bajado la temperatura y soplaba una brisilla maravillosa. Eso, sumado a la gustera que deja el alcohol bien administrado, convirtió el trayecto en lo mejor de la tarde.

El mapping, bien. Sin más. Diez minutos de luces y música, que para ochocientos años me parece una duración razonable. Estaba muy bien.

Y después, paseíto de vuelta al hotel con la misma brisa fresca.

El paraguas del Primark, por cierto, sigue siendo una inversión de futuro.

Poco más dio de sí el día.

Bona nit!

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