📓 Cuaderno de bitácora · Día 5
El pueblo que se evaporó y el gallo que insiste
Agosto 2026 · Friburgo
Empezamos el día con una misión sencilla: encontrar una buena pastelería en Estrasburgo y desayunar un croissant como Dios manda.
Misión cumplida. Con cola, claro. A estas alturas del viaje, la cola ya no es un contratiempo, es un trámite.
El croissant, buenísimo. El café, reguleras. Uno de dos, en Francia, es aprobado raspado.
Después, tranvía hasta el parking de las afueras a recuperar el coche. La tarjeta del parking sigue haciendo de billete, así que el trayecto salió por cero euros y yo seguí con mi pequeña obsesión logística intacta.
Y rumbo a la Selva Negra.
Primera parada, Gengenbach. Aparcamos en el parking gratuito de las afueras y allí había dos autocares, un montón de gente alrededor y el parking a reventar. Nos preparamos mentalmente para encontrarnos un casco histórico de entramado de madera, precioso y muy bien conservado, invadido por doscientas personas con gorra y bastón de trekking.
Y entramos.
Y no había nadie.
Bueno, sí: en la calle principal, junto al ayuntamiento, y en las cafeterías. Gente normal de domingo. Pero nada, absolutamente nada, de lo que prometía aquel parking.
Dimos un par de vueltas. Todo muy bonito, todo muy tranquilo, todo muy vacío.
Y al volver al coche, ni rastro. Ni de la gente, ni de los autocares. En el parking quedaban tres coches además del nuestro.
Un fenómeno digno de estudio para-anormales. Doscientas personas evaporadas en cuarenta minutos sin dejar ni una lata.
Seguimos hacia el corazón de la Selva Negra, camino de Triberg, parando en los relojes de cuco gigantes que hay por la carretera. Y aquí, igual que ayer con el reloj astronómico de la catedral, se mueve un gallo y poco más.
No pillo la afición de esta gente con los cucos. Dos días seguidos haciendo cola —moral o literal— para ver a un gallo hacer el paripé.
Otro fenómeno para anormales, este ya crónico.
Llegando a Triberg descubrimos dónde estaba toda la gente que no estaba en Gengenbach. Las calles llenas. Aquí sí.
El plan mandaba un rato de senderismo y las cataratas. Resulta que habían doblado la entrada respecto a lo que yo tenía apuntado, y que no había opción de parking por debajo de cinco o seis euros las tres horas.
O sea, que ver caer agua nos iba a salir por un ojo de la cara.
Y oye, ya era la una y media.
Así que pasamos de largo.
Y tomé la ruta de montaña hacia Friburgo en vez de la autopista, algo más larga. En contra de la petición expresa de Ruth, que conste en acta, porque esto lo va a leer ella. Pues menudo acierto.
Valles, puertos, curvas, carreteras entre árboles de más de veinte metros. Un paisaje detrás de otro. Montones de moteros haciendo la misma ruta, disfrutando de un domingo soleado de agosto, y nosotros detrás con el coche de alquiler, muy dignos.
Justo antes del desvío de Titisee a Friburgo paramos a comer en lo que en España llamaríamos un bar de carretera. Pero de los pintorescos: camareras con trajes regionales, carta corta y lo típico de Baden y de Baviera.
Un Schnitzel, unas salchichas.
Y qué bueno estaba todo. Los bares de carretera nunca fallan, aquí ni en la N-340.
Llegamos a Friburgo con dos alegrías seguidas. Una, que el hotel tiene parking en el propio edificio y a buen precio. Dos, que no sé cómo miré yo el mapa al reservar, pero estamos a cuatrocientos metros de la catedral, en pleno centro.
Deshacemos maletas, perreamos un rato y salimos a pasear.
Entramos en la catedral, que estaba tranquila de gente, y luego dimos la vuelta por la plaza mirando gárgolas. Entre ellas encontramos una que es directamente un culo meando hacia afuera, apuntando a la calle. Ochocientos años y el humor sigue siendo exactamente el mismo.
Y paseando me topé con el bar donde comí un mediodía hace veintiún años, con los compañeros del colegio, en el viaje de estudios. Ahí sigue.
Superado el momento memorabilia, cerveza antes de cenar. Una Augustiner muniquesa, que resulta que tienen sucursal en pleno centro, un bar muy chulo con terraza.
Con la boca abierta, fuimos al restaurante bien valorado que habíamos elegido. Lleno o reservado, todo.
Y el que parecía el dueño ni se molestó en preguntarnos si queríamos esperar, ni si nos apetecía reservar para mañana. Nada. Un poco gilipollas.
Él sale perdiendo. Los que me conocen saben por qué lo digo.
Así que fuimos a la segunda opción, que es la que debería haber sido la primera desde el principio: el biergarten local.
Un biergarten es lo que su nombre indica, un jardín de cerveza. Un parque con mesas y sillas donde sirven cerveza sin parar y comida de taberna alemana: salchichas y más salchichas, algo de jamón ahumado, chucrut, kartoffelsalat, pan de centeno, bretzels.
Pedimos cerveza y salchichas. Obvio.
De camino al hotel paramos a por un helado, capricho tonto, que nos tomamos en la plaza mirando la catedral.
Y al hotel, a seguir con la serie.
Bona nit!