📓 Cuaderno de bitácora · Día 6
Mostaza en las zapatillas, curry en la gorra
Agosto 2026 · Friburgo
Día de mercado en Friburgo. Que aquí, en realidad, es todos los días menos el domingo, pero uno tiene que sentirse especial por algo.
En la plaza de la catedral montan los puestos: agricultores, carniceros, floristas, apicultores… y puestos de salchichas. Porque estamos en Alemania y aquí la salchicha no es una comida, es una infraestructura.
Pero antes había que tomarse un café.
Y aquí Ruth desplegó su ojo clínico, que no falla nunca: de todos los cafés de Friburgo, eligió el de especialidad más pijo de la ciudad y probablemente de todo el país. 5,10 € el café latte.
Eso sí, estaba bueno de narices. Sobre todo comparado con la sucesión de cafés reguleras que llevamos acumulados desde Colmar.
Y yo, puestos a hacer el pijo, no me iba a quedar corto. Pillé de acompañamiento una especie de cinnamon roll pero de chocolate. Otros cinco pavos y pico.
Bien invertidos, para qué nos vamos a engañar.
Empezamos la caminata del día por el mercado. Las flores, espectaculares. Las verduras, de las que dan ganas de tener cocina. Había ambientillo, sí, pero yo esperaba más.
Imagino que en agosto muchos puesteros directamente no vienen. Mi recuerdo de esa plaza es el de estar abarrotada, pero es un recuerdo de hace veintiséis años y de mayo, así que tampoco vamos a discutir con la memoria, que siempre exagera a su favor.
Seguimos con la ciudad y, al llegar al ayuntamiento, descubrí una verdad universal: el café de cinco euros aprieta exactamente igual que el de dos.
Desvío al hotel. Trámite.
Ya aligerado, volvimos donde lo habíamos dejado. El casco antiguo, el ayuntamiento y, justo al lado, la casa donde Erasmo de Rotterdam hizo su Erasmus.
Debió de liarla bastante, porque hay hasta un cartel.
De ahí, al puente de Wiwili. Que es una mierda, con perdón, pero se llama Wiwili. Y por el nombre merece la pena ir andando hasta allí y volver.
Callejeando de vuelta, pasamos otra vez por delante del Augustiner. Que ayer nos abrió el apetito y hoy nos lo abrió de nuevo, porque ese bar tiene un imán y nosotros poca fuerza de voluntad.
Parada y fonda.
Tras la cebada, el trigo. O sea, pan. Y salchicha. A la catedral.
Me pillé la Lange Rote, que es la típica de Friburgo, y una blanca de Baviera. A las dos les puse bien de mostaza y bien de salsa curry, porque uno no viene hasta aquí para comer con contención.
Y eso no podía acabar bien.
A los pocos minutos tenía un goterón de mostaza en cada zapatilla —uno en cada una, simétrico, casi de diseño— y otro en la gorra, que la llevaba enganchada a la cintura y que no había hecho nada a nadie.
Fui a arreglar el desaguisado a una fuente histórica, por darle al desastre un toque épico. Que si te vas a limpiar la mostaza en público, que sea en piedra del siglo que sea.
Después busqué dónde tomarme el espresso de después de comer. Dos euros y algo.
Not bad.
Siesta.
Al despertar parecía que la tarde se nublaba, cosa interesante, porque el plan era subir a la colina del Schlossberg, ahí pegada al casco antiguo, a disfrutar de las vistas. Y el termómetro no bajaba de 36 grados.
Aviso: no se notaba nada. Con nubes o sin ellas, hacía calor, mucho, y encima resol.
Pero allí que fuimos.
Y a mitad del ascenso, el hallazgo del viaje: un biergarten en uno de los miradores.
Anotado quedó.
Subimos un poco más, dimos la vueltita de rigor, miramos lo que había que mirar, y bajamos directos a refrigerarnos con la conciencia tranquila del que ya ha hecho el esfuerzo.
A media cerveza empezó a soplar una brisilla. Poca cosa, pero suficiente para bajar la sensación térmica un par de grados.
Suficiente, también, para que a Ruth se le ocurriera cenar ramen.
¿A quién se le ocurre querer ramen a 36 grados y a las ocho de la tarde? Pues a la misma que eligió el café de cinco euros. Y ya sabemos cómo acaban estas cosas: acabamos yendo.
Dos ramen y cuatro botellas de agua después, yo sudaba como si el agua me la hubiera echado por encima directamente.
Mañana toca partir, así que nos fuimos hacia el hotel a lo nuestro.
Maletas, ducha y serie.
Bona nit!