📓 Cuaderno de bitácora · Día 8
Aldi, Lidl, Norma y McDonald's. Tour gastronómico de autor
Agosto 2026 · Lustenau
Desayuno en el Aldi de enfrente del hotel. Café frío de bote y bollería recién descongelada y horneada.
Y estaba todo muy rico, que conste. Escribo esto sin ironía, cosa rara en mí. Pero apunten la frase, que hoy da mucho juego.
Al coche y dirección Reichenau, una isla eclesiástica en mitad del lago de Constanza a la que se llega por una carretera de lo más normal. Uno se imagina barca, monjes, niebla… y acaba llegando como quien va a un polígono.
Aparcamos junto a la catedral y la máquina de los tiques no funcionaba.
Foto a la máquina, coche pegado al lado, y parking gratis. La prudencia del que sabe que algún día tendrá que demostrar algo.
Vista la catedral, parada técnica en el ayuntamiento.
He cagado donde caga el alcalde. Hay logros que no salen en las guías.
Intento de visita a una segunda iglesia. Cerrada. Solo admite visitas guiadas.
Pero de ahí salió el hallazgo del día: en el parking te dan treinta minutos gratis. Nos sobraron veinte.
Y aquí viene la revelación, el gran aprendizaje de esta etapa del viaje. En todos los aparcamientos hay unos minutos de cortesía. Si le das al botón de confirmar en la máquina, te imprime el tique con esos minutos gratis.
Ocho días llevo pagando parkings como un señor. Ocho.
De camino paramos en Birnau, una basílica rodeada de viñedos. Espectacular. No dejan hacer fotos, pero la entrada es gratis, así que el trato me parece justo: tú te lo miras con los ojos, como se hacía antes.
Desde ahí, Unteruhldingen. Bañito en el lago y, de gratis, los palafitos, esas casas sobre el agua de hace muchísimos años que son Patrimonio de la Unesco. Ahí sí pusimos tique, porque el aparcamiento estaba en casa dios y no había margen para el arte.
Bañarse en el lago, check. Casilla marcada.
Me sigue gustando más la playa, para qué nos vamos a engañar. Aunque hay que reconocer que lo tienen bastante conseguido, con sus chiringuitos alrededor y todo.
De vuelta al aparcamiento cruzamos una carretera por medio, y mientras la cruzábamos íbamos comentando lo peligroso del asunto y lo mal señalizado que está todo.
Un paisano nos ha querido regañar. Con razón. Nos ha enseñado dónde estaba el paso subterráneo, nosotros le hemos dado la razón, le hemos contado que precisamente veníamos hablando de eso mismo, y hemos acabado riéndonos los tres en mitad del arcén.
Internacionalidad plena. Nos entendimos perfectamente sin entendernos nada.
Después, Meersburg. Aparcamos con tique, esta vez de los de pagar.
Y hoy habían decidido que no nos tocaba comer de restaurante. Entramos, preguntamos si podíamos sentarnos dentro, y la respuesta fue un gruñido, que en alemán de la zona debe de significar “muy buenos días, siéntense donde gusten, que ahora mismo les tomamos nota”.
Más de quince minutos sentados. Ni un hola.
Nos fuimos, para sorpresa de nadie. Llevo dos países acumulando hosteleros que no me quieren, y ellos sabrán.
El pueblo, eso sí, muy bonito. Con sus dos castillos.
De camino a Lindau, parada en un Lidl. Resulta que eran las tres de la tarde y no habíamos comido nada. Sándwich y ensalada.
Segunda comida, segundo supermercado.
En Lindau, parking con tique y visita a la isla. Mu bonito, no da para más párrafo.
Al salir hacia Bregenz, antes de cruzar otra vez la frontera —Austria—, parada en un súper a por agua y zumo de naranja. Esta vez un Norma. Si no ves el rótulo, te crees que es un Lidl de hace veinte años.
En Bregenz aparcamos en lo alto del pueblo. El tique es gratis a partir de las seis y eran las seis y diez.
Aun así lo imprimí. Y de paso le enseñé mi nuevo truco a un señor. Un día aprendiendo, el mismo día enseñando. Así funciona el conocimiento.
Cogimos los paraguas. Todo apuntaba a que hoy por fin los estrenábamos: se estaba nublando y se oían truenos a lo lejos.
A los lugareños les daba exactamente igual. Cenaban tranquilamente en las terrazas, como quien no oye nada.
Y sí, acabando el paseo, se puso a llover.
Nos refugiamos bajo el techadillo de un kiosco, usando los paraguas de escudo lateral, porque el viento traía el agua de costado. Ahí estábamos los dos, atrincherados y lamentándonos de no estar frente una de esas terrazas para ver a la gente correr.
Aflojó. Volvimos al coche con los paraguas por fin abiertos, que ya iba siendo hora de amortizar los 6 euros del Primark de Estrasburgo.
En el hotel, ducha y arreglados para ir a cenar a una taberna austriaca. De las buenas. De las que se eligen con cariño.
Cerrada por vacaciones.
Tercera comida del día, McDonald’s.
Aldi, Lidl y McDonald’s. Con parada técnica en un Norma. Un día de agotamiento y desastre gastronómico absoluto.
Serie y a dormir.
Bona nit!