📓 Cuaderno de bitácora · Día 7
Miyajima mon amour.
Julio 2024 · Hiroshima · Miyajima
Esta vez el madrugón era pactado.
Teníamos un Shinkansen temprano, a las 7, para ir de Kobe a Hiroshima.
En la estación del Shinkansen de Hiroshima pillamos un tren local para acercarnos más al centro.
Ahí nos dimos cuenta que sería apropiado dejar las mochilas en una taquilla… no había.
Revisé la app de reserva de taquillas… no había.
Se nos planteaba una mañana interesante cargando con las mochilas bajo el sol abrasador.
En esa estación enlazamos con el metro local, que nos llevaba cerca del Parque Memorial, además era hora semi-punta, casi las 9 de la mañana, con las mochilas…
Saliendo de la estación, justo en el punto donde empiezas a notar la bocanada de aire caliente, cuál aliento de dragón, aparecieron, junto a la salida, como por arte de magia, como si de una aparición mariana se tratase, unas taquillas… casi lloro. The sacred holly place of the beloved lockers.
Ahí cambió el día.
Liberados de nuestra carga, después de recibir con los brazos abiertos el sacramento de la descarga de mochila, nos dirigimos al Memorial Park y al A Bomb Dome, el único edificio que quedó en pié a las 8:15 del 6 de Agosto de 1945.
Poco que contar, un parque dedicado en exclusiva a la Paz y al recuerdo del fin de la WWII, donde cientos de personas presentan sus respetos a las víctimas y decenas de grupos de escolares nipones reciben una lección de humildad, todo esto no hubiera pasado si sus antepasados no se hubiesen creído una raza superior y pura y no se hubiesen aliado con Hitler. Tenía que decirlo.
Tras esta visita, que reconozco que me gustó bastante, fuimos a otra que me gustaría más.
Visitar el edificio Okonomimura, sede de un montón de izakayas donde degustar el típico Okonomiyaki de Hiroshima.
Elegimos Soigun, al parecer uno de los favoritos de mucha gente por las reseñas y la cantidad de fotos de celebrities locales que había en la pared.
No podían estar equivocados… y lo corroboramos, no lo estaban.
Una madre y su hija, encantadoras ambas, al frente del negocio y de las planchas calientes, un poquito de masa de harina para hacer la base, un montón de colas y brotes de soja encima, condimentos, tiritas de bacon, más condimentos, mientras se rinde cascan un huevo y lo rompen y dan forma de base, voltean el montón anterior sobre el huevo, dejan terminar de rendirse la verdura, vuelven a voltear, cubren con cebollino y más condimentos y listo. Te dan tu mini espátula y un platito y a comer.
Delicioso.
Después de esa lección de sabrosa simplicidad, camino al metro donde teníamos las mochilas, recogerlas y revertir el camino a la estación.
Allí pillar un tren local hasta Miyajimagucy donde cambiamos al ferry de la JR incluido en nuestro JRPass.
Y en 10 minutos de navegación, llegamos a la isla de Miyajima. Un disneyworld de ciervos, Templos, toris y tiendas de souvenirs.
En el hotel, excelente por cierto, además de ser de aire tradicional, pero totalmente remodelado, es un remanso de paz y calma entre tanto barullo de turistas.
En el baño nos dejaron dos kimonos para acomodarnos, y tanto que lo hicimos… os dejo la muestra en forma de foto formal, pero podéis preguntarme por mi sesión de katas de Karate.
Al caer la tarde, los visitantes de día vuelven a tomar el barco de vuelta.
La isla se queda casi en silencio.
Los comercios cierran, los restaurantes también y no queda nada.
Hasta los ciervos se acuestan por los parterres y no se acercan a pedir comida cuando pasas al lado.
Apetecía pasear cuáles tortolitos, rememorando la peli de Alain Resnais del 59, “Hiroshima mon amour”.
Para cenar, el único restaurante abierto no nos convenció así que paseando llegamos al único konbini de la isla y arrasamos con el pollo frito.
Tras la cena improvisada y el paseo tranquilo era hora de ir al hotel y dejarse atrapar por los brazos de Morfeo.
Bona nit!